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Una mujer egoísta



Soy muy egoísta, apegada a mis deseos, una flecha imparable hacia mis objetivos. Tanto así que te invito a mi casa y te devoro. Te convierto en mi herramienta para la más plena satisfacción y cuando el tiempo en compañía se acaba, te pago el auto, te devuelvo a tu rutina, a tus amigos, a tu vida.
Apenas entrás en mi casa te mutilo, te convierto en un ser unidimensional. Existís en base a mi deseo. Sentate ahí, mirá este video, disfrutá este conjunto, penetrame como yo quiero. Apenas cruzás la puerta, después del beso de despedida, muerte. Como si nunca...
Sí, me comporto de forma muy egoísta. Y me sentiría mal, me apenaría, pero he notado que vos también me amputás. Soy tus vacaciones secreta lejos de tus amigos. Soy tu herramienta. Ambos apegados a nuestro deseo, ambos flechas implacables hacia nuestros objetivos.
He llegado a pensar que no te importa más que ésta superficialidad que puedo ofrecer, que este capricho sexual, este fin de semana por medio casi sin hablar. Y creo que esa es verdad.
Me gustaría pensar que el tiempo y los años me descubrieron enamorada de tu mirada, de esos chistes tan políticamente incorrectos, de esa forma compulsiva de fumar. Pero no. Fin de semana por medio no siento nada, absolutamente nada, excepto nuestro placer.
Podrías ser vos. Podría ser yo. Podríamos ser otros. El escenario no cambiaría.
Así que soy muy egoísta pero vos también y en lo que yo no cedo vos lo regalás, como una ofrenda para ese mágico ritual.
Quisiera decirte que cuando te vas no puedo respirar, que siento mi cuerpo helado sin el calor de tu piel a mí lado. Quisiera que me dediques los más hermosos versos, que me recuerdes con la más tierna sonrisa. Pero eso no es para nosotros. Eso simplemente es nuestro árbol prohibido.
Así que te espero en mi nueva lencería y vos llegás sabiendo exactamente qué rol jugar.
Y domingo a la noche cada uno de nuevo en su cama, disfrutando, maldiciendo, apreciando la soledad.



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